Espejo, Espejito

Qué le hace el brillo a un objeto, en la instalación y en las experiencias de marca

Hay un grabador cubierto de espejitos que ya pasó por dos obras mías. En Haus of Luna estaba en el cuarto blanco, junto a la Virgen espejada. En ALTAR, una de las piezas de SOAP, aparece sobre un pedestal plateado, entre un Obelisco, una Mafalda y televisores que pasan los VHS de mi infancia. Es un grabador común, con sus parlantes redondos y sus antenas. El mosaico conservó su forma y le subió el rango.

En la cultura porteña, los espejitos tienen mala fama. Vender espejitos de colores es engañar a alguien con algo que brilla y no vale nada, y la expresión arrastra una imagen escolar de la conquista: espejos y cuentas de vidrio a cambio de oro. Yo uso ese mismo material para darle presencia a un objeto, para elevarlo. Ese cruce me obliga a preguntarme qué hace el brillo, cuándo consagra y cuándo engaña.

La respuesta a la que llego es que el brillo consagra cuando deja ver lo que cubre. El grabador sigue siendo un grabador, y cualquiera lo reconoce a tres metros. Lo que cambió es el lugar que ocupa en el cuarto y la manera en que lo mira quien entra.

Lo que hace un espejito

Un espejo liso y un mosaico de espejitos hacen cosas muy distintas con un objeto. Si cubro una caja con una sola superficie espejada, la caja empieza a devolver el cuarto: el piso, la pared, la lámpara, a quien pasa. Con la luz justa, su volumen se confunde con lo que la rodea, y lo que queda a la vista es el entorno con la forma de una caja. El mosaico trabaja de otra manera. Las juntas entre pieza y pieza dibujan una grilla que sostiene la forma, y sobre una superficie curva cada espejito queda en un ángulo distinto. El objeto sigue ahí, reconocible, mientras la luz se parte en cientos de puntos que se mueven sobre su superficie y salen despedidos hacia las paredes.

El formato también decide. Piezas uniformes y más grandes evocan algo distinto que espejitos chicos puestos como mosaico o siguiendo una curva. Una grilla de piezas grandes y parejas se acerca a la pista de baile; un mosaico chico que acompaña una curva se acerca más a la joya. Como el tamaño de un recorte en un collage, cada elección cambia lo que el objeto cuenta antes de que alguien se refleje en él.

Por eso elijo el mosaico de espejitos, lo que en inglés se vende como disco tile. Realza sin sacarle protagonismo al objeto y, al mismo tiempo, se hace cargo de su propia presencia: un objeto espejado no pide perdón por brillar. Tampoco compite con el ambiente. Lo completa, porque devuelve fragmentos de todo lo que tiene alrededor.

Lo que más me interesa es que el mosaico tiene tiempo adentro. Lo que refleja depende de la luz, de la posición y del momento. A la mañana devuelve una cosa y de noche, con una lámpara cálida, otra. Si me corro medio metro, cambian todos los fragmentos. Dos personas paradas frente al mismo objeto en el mismo segundo ven dos objetos distintos, porque cada espejito les devuelve un pedazo del cuarto desde su propio ángulo. El objeto es uno y la imagen le pertenece a quien mira. Un objeto cubierto de espejitos se comporta como una pequeña constelación: un cuerpo fijo rodeado de puntos de luz que cambian de lugar según desde dónde lo mires.

Esto pasa con cualquier espejo, y lo veo en mi propia casa. En el baño hay una pared blanca enorme que cubrí con espejos de marco dorado. Más allá de cómo se ven, lo que me interesa es lo que reflejan: una cosa cuando me lavo las manos, otra cuando estoy sentada, y desde ahí ahora se ven partes del living que antes no llegaban al baño. Los espejos le sumaron a ese cuarto vistas que su arquitectura no tenía.

El derecho al glamour

En Haus of Luna cubrí con espejitos una figura de la Virgen María y la puse en un cuarto monocromático blanco, con una bola de espejos. Una Virgen espejada no es lo mismo que una lisa. No todas tienen que ser así, pero esa decisión la mostraba desde otro lado: por qué no podía tener un poco de glamour. Y era más que glamour: tanto brillo le daba divinidad, la volvía mágica. El mosaico la acercaba a la pista de baile y, al mismo tiempo, le devolvía el resplandor que siempre acompañó a las imágenes sagradas.

Detrás de ella, unos anillos ovalados de neón blanco la rodeaban como una mandorla, el óvalo de luz con que la iconografía cristiana envuelve a las figuras sagradas. Quería darle ese realce, un aura sagrada con algo de espacial. El pedestal también estaba cubierto de espejitos y repetía esos anillos en fragmentos. En la misma pieza convivían los dos formatos: el mosaico seguía los pliegues del manto y la base era una grilla pareja.

La combinación importaba. Como en el collage, el contexto cambia el significado de una pieza, y su ubicación también. La misma Virgen espejada en la cocina roja habría contado otra historia. Desde esa cocina, el marco de la puerta recortaba el cuarto blanco como un cuadro dentro de otro, y la Virgen aparecía al fondo, rodeada de luz.

Esa cercanía entre lo sagrado y el brillo tiene una historia larga. En las iglesias medievales, los fondos de oro de la pintura religiosa se veían con luz de velas, y esa luz les daba una profundidad que titilaba: las figuras parecían flotar en un resplandor. En Irán, el ayeneh-kari, una técnica tradicional que incrusta fragmentos de espejo en el yeso, reviste interiores enteros de santuarios. Para la artista iraní Monir Shahroudy Farmanfarmaian, el interior espejado del santuario de Shah Cheragh, en Shiraz, fue el punto de partida para llevar el mosaico de espejos a la escultura contemporánea. El Guggenheim de Nueva York reunió ese trabajo en una retrospectiva en 2015.

Hasta la palabra guarda esa relación. Glamour aparece en el escocés de principios del siglo XVIII con el sentido de hechizo, y es una alteración de grammar: en la Escocia de entonces, el saber de los libros se confundía con el saber oculto. Walter Scott la llevó al inglés general, y recién hacia 1840 empezó a nombrar una belleza que atrae. Antes de nombrar a las estrellas de Hollywood, nombraba un hechizo.

Lo que me interesa de esa historia es que la devoción y el glamour comparten una técnica: hacer brillar algo para que pueda verse como más de lo que es. La Virgen espejada conservó su condición de imagen religiosa y ganó una manera de estar en el cuarto que también le pertenece a la noche, a la pista y a la diva.

Buscarse en los fragmentos

Además de la luz, el mosaico devuelve pedazos de quien mira: un ojo, la mitad de una boca, el color de una remera, repartidos entre cientos de piezas. Frente a un objeto espejado, una persona se ve en fragmentos, incorporada a la superficie del objeto y al cuarto que la rodea. Somos parte de mil espejitos.

Buscarse entre los fragmentos también es una forma de descubrirse. Varios espejos a la vez muestran ángulos propios que casi nunca vemos, un perfil o un gesto que no sabíamos que hacíamos, y obligan a armar la imagen con piezas que llegan desordenadas.

En la cocina roja de Haus of Luna, donde la heladera estaba cubierta de espejitos, una persona me contó que se había sentido una diva. Era lo que yo buscaba para ese cuarto. Lo leo como una señal de que el glamour se transfiere: el brillo que le puse a un objeto terminó alcanzando a quien lo usaba.

Lacan describió el estadio del espejo como el momento en que un chico, que todavía no domina su cuerpo, se reconoce con júbilo en una imagen entera. Esa imagen anticipa una unidad que el cuerpo todavía no tiene, y su reverso es lo que llamó el cuerpo fragmentado. Un mosaico de espejos devuelve algo más cercano a ese reverso: el cuerpo en pedazos. Todavía me pregunto si parte del glamour no viene de ahí, de un espejo que no te arma entero y que, justamente por eso, te deja jugar a ser otra.

En el Seminario XI, Lacan vuelve sobre Los embajadores, el cuadro que Holbein pintó en 1533: una calavera deformada atraviesa el piso de la escena y solo se vuelve legible cuando el espectador se corre hacia un costado. Hay cosas que se ven únicamente desde una posición. Un objeto espejado lleva esa condición a toda su superficie, porque cada paso de quien mira cambia lo que aparece.

Ahí está la diferencia con la pared de selfies, el recurso que se repite en tantas activaciones de marca. La pared de selfies te pone entero delante de un fondo, y la experiencia se va adentro del teléfono. El mosaico te mete en el objeto, partido, y para verte tenés que moverte. El cuerpo trabaja y la atención se queda en el cuarto.

Cuándo el brillo engaña

El brillo también sirve para distraer, y el modismo de los espejitos de colores tiene razón en desconfiar. En la Bienal de Venecia de 1966, Yayoi Kusama instaló Narcissus Garden: 1.500 esferas plateadas de plástico sobre el pasto, que vendía a dos dólares cada una junto a un cartel que decía «YOUR NARCISSIUM [sic] FOR SALE». Las autoridades de la Bienal frenaron la venta. Kusama puso en escena el lado comercial del reflejo: lo que se compraba era la posibilidad de verse.

Una marca enfrenta esa misma tensión cada vez que cubre algo de brillo. Puede elevar un producto o taparlo con efecto. Las razones por las que yo elijo el mosaico sirven para distinguir una cosa de la otra. La primera es si el producto se sigue reconociendo debajo del brillo, porque cuando el revestimiento borra la forma, el brillo pasa a ser el producto. La segunda es si el reflejo cambia con la hora, con la luz y con quien mira, o si funciona como una foto fija que se agota en una mirada. La tercera es dónde queda el visitante: adentro del objeto, formando parte de la marca por un rato, o delante de un fondo que convierte a la marca en decorado.

Antes de todo eso está la elección del espejo. Liso, en mosaico, en piezas grandes, curvo, con marco o con film de color: cada uno produce un reflejo distinto y le pide al visitante otra cosa. En Haus of Luna usé muchos espejos con film de color, que tiñen lo que devuelven y hacen aparecer el cuarto y a la persona en otra temperatura. Para una marca, elegir el espejo es tan decisivo como elegir el color.

Hay algo más que me parece valioso para cualquier experiencia de marca. Las marcas invierten mucho en personalizar: datos, pantallas, sensores que reconocen a cada visitante. Un mosaico de espejos le da a cada persona una imagen distinta por pura física, sin pedirle ningún dato. Es personalización analógica, y existe desde hace siglos.

Argentum

En ALTAR, el brillo da un paso más. Todo el conjunto está terminado en plateado: un Obelisco central, una Mafalda, el colectivo 60, un pingüino de vino, un sifón, un mate, una fuente de empanadas y televisores CRT que pasan videos familiares. El plateado iguala objetos que vienen de escalas y registros distintos y los pone en una misma condición. Argentum, la palabra latina para la plata, está en la raíz del nombre Argentina. En esta obra, que hoy existe como propuesta, el brillo lleva el nombre de un país.

Entre esos objetos vuelve a aparecer el grabador cubierto de espejitos, el mismo que estuvo junto a la Virgen en el cuarto blanco de Haus of Luna. Acá devuelve otra luz, otra posición y otro momento, y por lo tanto otra imagen. Sigue siendo un grabador, cualquiera lo reconoce, y su rango volvió a cambiar.

Eso es lo que le pido al brillo, en una Virgen, en una heladera o en el producto de una marca: que eleve lo que cubre sin taparlo. Y al espejo le pido algo más. Un espejo pone a quien mira en relación con el espacio: lo hace acercarse, correrse, buscar su cara entre los fragmentos, descubrir un rincón del cuarto que no había visto. Ahí la percepción, la pregunta que atraviesa mi trabajo, se vuelve una acción. Frente a un espejo, mirar es moverse, y cada movimiento descubre otra versión del lugar y de quien mira. //SC

Notas de investigación

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