La Banda Sonora de Nuestras Vidas
Series | Con Sentido · SONIDO
La música que llevamos a cada espacio
Una tarde, haciendo las compras en el supermercado, empezó a sonar Ace of Base. Era la música de mi adolescencia y, casi sin darme cuenta, me encontré cantando por dentro y disfrutando un recorrido que suele ser pura rutina. Me pregunté si alguien había elegido esa playlist pensando en la gente que compra a esa hora. Quizás fue casualidad, pero la música me cambió el lugar. En otro negocio me pasó todo lo contrario: la música instrumental de fondo era tan melancólica que terminé poniéndome los auriculares para poder seguir recorriéndolo. Me llamó la atención que algo que parece tan secundario pudiera pesar tanto en mis ganas de quedarme, y empecé a pensar cuánto de lo que vivimos todos los días depende de lo que escuchamos.
Para mí, la música es como una transparencia de color apoyada sobre un lugar. La arquitectura conserva sus proporciones y los objetos siguen donde estaban, pero lo que percibimos cambia según el sonido que los acompaña. Una canción conocida puede hacerte sentir cómplice de un lugar que no conocés, y una música inquietante puede meter tensión en un espacio perfectamente tranquilo. Ese efecto también depende de quién escucha. Cada uno llega con sus propias asociaciones, gustos y recuerdos, y todo eso se mete en la manera en que interpretamos la música que otra persona eligió para nosotros. Lo que para alguien es una atmósfera agradable, a otro puede no decirle nada o hasta incomodarlo.
La música que llevamos con nosotros
Hace unas semanas me puse a ver videos de Guns N' Roses. Fui a verlos cuando tenía once años: fue mi primer concierto. Me acordé de cómo aprendía sus letras en la adolescencia, siguiendo los libritos que venían con los discos. Como estaban en inglés, muchas veces aprendía las palabras con la música antes de entender del todo qué querían decir. Volver a escucharlas tantos años después me devolvió algo de esa experiencia, incluida la sensación de estar descubriendo algo que en ese momento me fascinaba. Me sorprende que una canción escuchada cientos de veces conserve asociaciones tan precisas con una etapa de la vida, y que durante unos minutos nos devuelva a una forma de sentir que creíamos lejana.
La relación entre música y memoria autobiográfica está muy estudiada. Investigadores como Petr Janata analizaron cómo las canciones conocidas pueden despertar recuerdos ligados a momentos puntuales de nuestra historia. Otros estudios demostraron que la música que escuchamos en los años formativos suele tener un peso emocional especial, aunque eso varía según la persona y la cultura. También heredamos música de nuestra familia y de nuestra generación: canciones que ya existían mucho antes de que pudiéramos elegirlas. Con el tiempo, una misma canción va sumando capas: el lugar donde la escuchamos por primera vez, alguien con quien la compartíamos, algo que pasó después y le cambió el sentido. Esa historia sigue escribiéndose cada vez que volvemos a encontrarla.
La memoria explica una parte importante de lo que nos pasa con la música, pero hay respuestas que aparecen mientras escuchamos. Algunas voces o pasajes pueden darnos escalofríos, piel de gallina o una emoción física inmediata. La investigación sobre los musical chills, también llamados frisson, estudió estas reacciones y su relación con los circuitos de placer y recompensa del cerebro. Una de las partes más interesantes es la anticipación: esperamos que entre una voz, que vuelva una melodía o que por fin llegue el estribillo. El compositor maneja esas expectativas a lo largo del tiempo y juega con cumplirlas, demorarlas o sorprendernos. Parte de la emoción nace justo ahí, entre lo que esperamos escuchar y lo que termina pasando, y es un principio que me fascina cuando pienso en cómo se construye una experiencia en el espacio.
La composición de una experiencia
En el cine se ve con claridad cómo la música cambia la manera en que leemos lo que vemos. La misma secuencia de imágenes, con otra música, puede significar algo completamente distinto. El sonido puede meter tensión antes de que pase algo visible, anunciar un cambio o convertir una escena cotidiana en un momento muy intenso. En el diseño espacial también trabajamos con secuencias en el tiempo, aunque con otros materiales. Armamos recorridos, transiciones y cambios de intensidad; decidimos qué encuentra una persona al entrar, cuánto se queda en un ambiente y qué le pasa cuando cruza al siguiente. La música puede ser parte de esa composición: acompañar el movimiento de quien recorre o crear una relación particular entre el tiempo que pasa y el espacio que está viviendo.
El tempo, el volumen, los instrumentos y lo que culturalmente arrastra cada género ayudan a construir la atmósfera de un lugar. El sonido además dialoga con lo físico: el tamaño de un cuarto, las superficies que reflejan o absorben ciertas frecuencias, la distancia a los parlantes. En un hotel, la música puede ser parte de su identidad, junto con la luz, los materiales y la manera en que están dispuestos los muebles. En una instalación, puede marcar el paso de un ambiente a otro, generar expectativa o imponer un ritmo distinto al de afuera. Cada una de esas decisiones le da información a quien visita, que la incorpora a su percepción del espacio muchas veces sin prestarle atención a la música.
Las investigaciones sobre la música que suena en negocios y espacios públicos encontraron relaciones entre ciertas características del sonido y la velocidad con que la gente circula, el tiempo que se queda o algunas decisiones de compra. Los resultados cambian según el contexto, y varios estudios mostraron que los rasgos de la música se combinan entre sí y con todo lo demás que hay en el ambiente. Esto importa mucho cuando pensamos experiencias multisensoriales, donde la música es una pieza de una composición más grande. La elección puede responder a una intención estética, emocional o funcional, pero que funcione depende también de quién es el público y de qué experiencia se quiere construir.
Quién construye la experiencia?
Cuando diseñamos un ambiente sonoro, decidimos cómo queremos que se perciba un lugar. Podemos elegir una música para generar calma, expectativa o energía, y combinarla con ciertos materiales, colores y luces. Pero cada visitante llega con su propia historia, y esa historia inevitablemente entra en la experiencia. Una canción que a una persona le trae un recuerdo lindo a otra puede ponerla melancólica; una música desconocida puede despertar curiosidad, indiferencia o incomodidad. Hasta a nosotros mismos una misma canción nos llega distinto según el momento. Ahí se cruzan la intención de quien diseña y la interpretación de quien vive la experiencia, y algo construido con mucho cuidado termina teniendo significados que su autor difícilmente podía anticipar del todo.
En algunas instalaciones sonoras, esa relación entre el diseño y quien participa se vuelve física. En The Forty Part Motet, de Janet Cardiff, cuarenta voces de un coro suenan por separado desde cuarenta parlantes repartidos en el espacio. Podés caminar entre ellos, acercarte a una voz, alejarte de otra o escuchar cómo se mezclan desde distintos puntos. La composición existe como una estructura diseñada de antemano, pero cada recorrido arma una escucha propia. El cuerpo interviene en cómo se escucha, y la posición de quien escucha pasa a ser parte de la obra. Me interesa este principio porque permite pensar la experiencia espacial como un encuentro entre las condiciones que construimos y las decisiones, asociaciones y percepciones de quienes las recorren.
En la vida cotidiana esto se complica todavía más. Hoy podemos entrar a cualquier lugar con nuestra propia música y elegir una banda sonora para caminar por la ciudad, esperar en un aeropuerto o recorrer un espacio compartido. Los auriculares nos dejan superponer una atmósfera personal a la que diseñó otra persona, y eso cambia nuestra relación con el entorno. Para quienes trabajamos en diseño de experiencias, esto plantea algo interesante sobre el alcance de nuestras decisiones. Podemos componer un ambiente, crear ciertas condiciones y proponer una dirección emocional, pero cada visitante conserva la posibilidad de interpretarla desde su propia historia, e incluso de cambiarla.
Algo que amo de la música como herramienta de diseño es que una canción elegida para acompañar a cientos de personas puede volverse profundamente personal para una sola. La banda sonora de un lugar es parte de su identidad, pero su efecto también se arma con lo que cada uno reconoce, recuerda o imagina mientras la escucha. Aquella tarde en el supermercado, alguien había elegido unas canciones para acompañar las compras de un montón de desconocidos. Para mí, esas canciones venían cargadas con décadas de recuerdos. En aquel otro negocio me puse los auriculares para escapar de una música que no era mía. En ese pasillo no hizo falta: alguien había puesto, sin saberlo, un pedazo de la banda sonora de mi vida. Me fascina pensar que una misma canción pueda existir simultáneamente en tantas historias personales, y que un espacio cotidiano pueda convertirse, por unos minutos, en el punto donde distintos tiempos vuelven a encontrarse. //SC