La Inflación del WOW

Cuando lo extraordinario se vuelve normal

En los cumpleaños de mi infancia, en Buenos Aires, había chizitos y palitos. La piñata era un globo gigante y lo pinchábamos con un cuchillo. Sí, con un cuchillo, y éramos chicos. Jugábamos al juego de las sillas y al del paquete. Venía una animadora, casi siempre una maestra, o un payaso, hacía un par de cositas y listo.

Aparecían algunos globos de vez en cuando, un par de guirnaldas. Las tortas eran simples: una cobertura de un solo color, algún adornito o un «Feliz cumpleaños, Sol» escrito arriba. Se podía hacer un cumpleaños con muy poca plata. Salías pensando qué bueno estuvo el cumple, y ahí terminaba todo. Lo que más me llama la atención hoy es lo poco que hacía falta para que algo se sintiera especial.

Hace poco hablaba de esto con una amiga. Hoy un cumpleaños infantil puede parecerse a una producción: hay escenografía, actividades con logo, a veces hasta un spa. La presión por organizar algo espectacular también alcanza a familias con presupuestos comunes. Lo veo acá en Estados Unidos y también en Argentina. Y me pregunto cuán espectacular tiene que ser un cumpleaños para que alguien lo note. Un spa, en otra época, habría sido el cumple del año. Ahora puede ser un sábado más.

Cada fiesta que sube la apuesta también modifica lo que esperamos de la siguiente. Lo que un día nos sorprendió empieza a parecernos completamente normal. Y me interesa esa distancia: podemos tener cada vez más cosas para maravillarnos y, al mismo tiempo, necesitar cada vez más para sentir algo.

Con las instalaciones me pasó algo parecido. En los años del auge fui a muchísimas: en Ciudad de México, en Dallas, en Nueva York, en San Francisco, y dos veces a la misma en Miami. Al principio cada una se sentía como un acontecimiento. Después empezaron a parecerse entre sí: la pileta de pelotas, la pared rosa, el cuarto armado para la foto. Todo seguía siendo llamativo, pero cada vez me costaba más encontrar algo que perteneciera solamente a ese lugar.

En 2021 la cosa llegó a un punto casi cómico: había cinco propuestas de Van Gogh inmersivo recorriendo Estados Unidos. Los nombres se parecían tanto que había gente que compraba entradas para una creyendo que iba a otra. Uno de los productores decía que recibían cientos de emails de personas confundidas. La confusión empezaba antes de entrar. Todavía no habías visto un solo girasol y ya tenías que averiguar a cuál Van Gogh le habías pagado.

Cualquiera que haya vivido una inflación, y en Argentina sabemos bastante de eso, conoce la sensación de necesitar cada vez más para conseguir lo mismo. A veces pienso que con el asombro pasa algo parecido. La experiencia que ayer nos parecía increíble hoy se convierte en el punto de partida. La siguiente tiene que agregar algo: más grande, más envolvente, más espectacular. Y aun así puede dejarte exactamente donde estabas. Una especie de inflación del wow.

En medio de esa ola hubo dos lugares que me movieron el piso: Meow Wolf, en Santa Fe, y Omega Mart, en Las Vegas. Omega Mart parece un supermercado hasta que una puerta te lleva a otro mundo. Me fascina todo lo surrealista, pero lo que me atrapó fue que había una historia para descubrir. Tenía ganas de seguir mirando, de entender qué estaba pasando ahí adentro. Yo ya quería hacer algo así, y esas visitas volvieron mucho más concreta esa necesidad. Mi primera instalación completamente inmersiva nació de ahí. Quería que se viera estética, claro, pero sobre todo quería contar una historia con el espacio.

Ahí encuentro una diferencia que me importa como diseñadora. Una pileta de pelotas se puede reproducir. Con un mundo propio hay muchas más decisiones que entender: por qué existe, qué te deja descubrir, cómo una cosa te lleva a la siguiente. Podés copiar su aspecto y perder lo que hacía que quisieras quedarte. Lo específico tiene valor porque te da una razón para estar en ese lugar en particular. Y esa razón puede seguir funcionando cuando la sorpresa inicial ya pasó.

La saturación también aparece en situaciones mucho menos extraordinarias. Pararse frente a la heladera de helados de un supermercado en Estados Unidos ya es una experiencia. Querés Rocky Road, pero con Reese’s y no con M&M’s, y entre tantas puertas de vidrio terminás pensando: para dónde voy? Con la ropa pasa algo parecido. Mi mamá me decía que en los sesenta y setenta vestirse era más sencillo, y yo siento lo mismo de los ochenta y los noventa. Puede haber bastante de nostalgia en eso. Pero reconozco esa sensación de tener muchísimas opciones adelante y cada vez menos ganas de elegir.

En el mostrador de perfumes suele haber un frasquito con granos de café. Entre prueba y prueba te lo acercan: tomá, olé esto, así reseteás. Me gusta el gesto. Pero después de varios perfumes y varias vueltas al frasquito me pasaba siempre lo mismo: me mareaba, necesitaba salir de ahí y se me iban las ganas de comprar. Un estudio de 2011 puso a prueba esa costumbre y encontró que oler café no ayudaba a identificar un perfume nuevo mejor que respirar aire. Me hizo pensar en algo mucho más sencillo que me pasaba a mí: lo que me reseteaba era la puerta.

Pienso en esto como un problema de composición. Cuando todo reclama atención al mismo tiempo, cuesta distinguir qué importa. En un espacio, como en una imagen, cada elemento cambia según lo que tiene alrededor. Algo puede necesitar más lugar, otra cosa puede sobrar. Una pausa puede hacer que lo que viene después se sienta distinto. Y agregar algo espectacular puede terminar tapando justo lo que querías que alguien descubriera.

Con el wow pasa lo mismo. Cuando todo es extraordinario, el estímulo siguiente no siempre te rescata del anterior; a veces, lo que te devuelve las ganas es salir un rato, respirar y volver. Para quienes diseñamos experiencias, eso también es parte del trabajo. Decidir qué merece atención, cuánto sostenerlo y cuándo dejar de agregar. A quien diseña le toca pensar dónde va la puerta. //SC

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