LEER LOS COLORES
El hogar después de la crisis
Cómo la incertidumbre colectiva se filtra en los espacios que habitamos
Hoy una heladera rosa se lee como nostalgia. En los Estados Unidos de la posguerra, anunciaba que algo había cambiado.
El color empezó a aparecer en las cocinas de maneras que habrían resultado difíciles de imaginar durante los años de racionamiento: electrodomésticos turquesa, alacenas amarillo manteca, mesadas rosas, vajilla estampada, detalles cromados. Los fabricantes crearon paletas coordinadas que permitían que toda la habitación contara la misma historia. La escasez había terminado. El futuro había llegado y, al parecer, venía en varios colores.
Ese mismo mensaje aparecía en otros lugares. En 1947, Christian Dior presentó el New Look, con cinturas ceñidas y faldas amplias confeccionadas con metros de tela. Los autos se ofrecían en decenas de colores y combinaciones de dos tonos. Los plásticos incorporaron colores desconocidos y superficies brillantes a la vida cotidiana. Después de años en los que la practicidad había definido lo que podía producirse y consumirse, la abundancia se volvió visible.
Gran parte de esa abundancia se dirigió hacia el hogar. La publicidad de posguerra presentaba la vida doméstica como evidencia de la recuperación: el marido había vuelto, la familia podía mudarse a una casa nueva y la cocina la esperaba con un juego de electrodomésticos combinados. Las mujeres que habían ingresado al mercado laboral durante la guerra fueron alentadas a regresar a los roles domésticos, donde comprar, decorar y mantener la casa formaba parte de la imagen nacional de prosperidad.
Los colores ayudaron a que esa imagen se sintiera alegre y nueva. Hoy los describimos como pasteles. En su momento, tenían una presencia imposible de ignorar. Una heladera turquesa se destacaba porque las heladeras habían sido blancas. Los baños rosas, los autos aguamarina y las cocinas amarillas llevaron el color a objetos que antes se valoraban principalmente por su función. La suavidad de los tonos facilitaba la coordinación; su novedad hacía que llamaran la atención.
Vuelvo una y otra vez a estos interiores porque muestran la velocidad con la que un hecho histórico puede entrar en el lenguaje visual de la vida cotidiana. Termina una guerra, la economía se expande, los roles sociales se reorganizan, aparecen nuevos materiales y, con el tiempo, todo eso se manifiesta en el color de una cocina.
Durante la pandemia, el hogar volvió a absorber las consecuencias emocionales de una crisis y, además, casi todo lo demás. El trabajo, la escuela, el ejercicio, el entretenimiento y el contacto social quedaron concentrados en las mismas habitaciones. La gente empezó a mirar su casa con más atención porque pasaba días enteros adentro y, muchas veces, veía esos espacios reflejados en Zoom, Instagram y TikTok.
La respuesta estética tomó varias direcciones al mismo tiempo. Los blancos, los neutros cálidos, las plantas, los materiales naturales y los verdes apagados ofrecían calma y una conexión con el mundo exterior. Los colores intensos, los objetos lúdicos y las formas exageradas aportaban energía a una vida físicamente restringida. Algunos hogares se volvieron más serenos. Otros adquirieron una presencia visual más intensa.
El término dopamine decor se popularizó más tarde y reunió esos colores saturados, los muebles curvos y los objetos lúdicos bajo un nombre muy fácil de vender. La promesa neurocientífica implícita en la etiqueta era vaga. El deseo emocional que contenía se reconocía enseguida. Cuando el mundo exterior dejó de ofrecer movimiento, novedad o placer espontáneo, el hogar asumió parte de esa tarea.
Me interesa el papel que vuelve a asumir el hogar después de una conmoción colectiva. La casa se convierte en uno de los primeros lugares donde intentamos recuperar cierta sensación de bienestar, incluso cuando todavía no la sentimos del todo.
En los años cincuenta, el color dio forma a una visión ampliamente difundida de expansión económica, estabilidad doméstica y progreso tecnológico. Durante la pandemia, el color entró en un paisaje más fragmentado, definido por el gusto personal, las circunstancias desiguales y las imágenes que circulaban de manera continua en las redes sociales. Las condiciones históricas eran distintas. El hogar cargaba con una tarea emocional parecida: hacer que la vida volviera a sentirse posible.
Una felicidad coordinada
La paleta de posguerra cumplía una función más específica que alegrar una habitación. El rosa, el turquesa, el verde menta, el amarillo pálido y el azul empolvado ocupaban una zona intermedia muy útil: tenían suficiente intensidad para anunciar un cambio y suficiente suavidad para repetirse en todo el ambiente. La heladera podía combinar con las alacenas, las mesadas podían retomar el color de la vajilla y el cromo o el blanco mantenían unido el conjunto. El resultado era colorido y ordenado, en sintonía con una cultura que presentaba el progreso como algo eficiente y listo para habitar.
Los nuevos materiales ayudaron a construir ese efecto. Los acabados de esmalte, los laminados y los plásticos permitían sostener colores consistentes en objetos de distintos fabricantes, de modo que los electrodomésticos y las superficies pasaban a formar parte de una composición mayor. Su carácter artificial formaba parte del atractivo. Eran los colores de la producción moderna, alejados de la paleta práctica asociada con las restricciones de la guerra y de los marrones y cremas propios de los materiales naturales. Hacían que las máquinas se sintieran menos severas y permitían que los productos estandarizados transmitieran cierta personalidad.
La coordinación importaba tanto como cada color. Elegir un tono se convirtió en una forma de organizar toda la escena doméstica, y los fabricantes alentaban a imaginar la cocina como un ambiente visual completo. Un juego de electrodomésticos combinados ofrecía comodidad y coherencia: la sensación de que las piezas de la vida cotidiana podían pertenecer al mismo conjunto y de que la modernidad podía volverse armoniosa.
Ese podría ser el registro emocional particular del interior pastel de los años cincuenta: un optimismo controlado. Los colores se destacaban con una presencia ordenada. Hacían visible la abundancia y la mantenían prolija. En un período profundamente comprometido con la idea de empezar de nuevo, la paleta le dio a ese comienzo una superficie, un clima y un lugar dentro de la casa.
Algunos ambientes se aquietaron y otros se llenaron de color
Cuando comenzó el confinamiento, las pequeñas decisiones sobre una habitación se volvieron difíciles de ignorar. La pared detrás de un escritorio quedaba a la vista durante horas. El sofá tenía que dar lugar al trabajo, al descanso, al entretenimiento y al paso de días que empezaban a parecerse entre sí. La gente pintó, movió muebles, compró plantas y buscó maneras de hacer que los espacios conocidos se sintieran distintos.
Algunas personas necesitaban que la casa les exigiera menos. Los blancos, los neutros cálidos, las maderas claras, los textiles suaves y los verdes apagados creaban un entorno visual más sereno. La conexión con la naturaleza también adquirió importancia cuando el acceso a ella se redujo. Las plantas se multiplicaron en las ventanas, los materiales naturales se volvieron más deseables y la idea del hogar como refugio pasó de las revistas de diseño a las conversaciones cotidianas.
Otras personas necesitaban que el espacio les devolviera algo. El amarillo, el rosa, el aguamarina y el violeta aportaban energía, humor y un quiebre visible en la repetición. Yo estaba en ese grupo. Durante el confinamiento, pinté una pared de rosa, cubrí una franja con plantas tropicales artificiales y colgué una bola de espejos para usarla como fondo de Zoom. Esas cosas ya me gustaban, y las circunstancias terminaron concentrándolas dentro de un solo cuadro.
Ese impulso aparecía mucho más allá de mi propia pared. Mientras los blancos y los neutros claros seguían dominando, las empresas de pintura también registraban fuertes aumentos en las ventas de amarillo, rosa, violeta, verde y aguamarina. Clare Paint informó un aumento del 87 por ciento en Golden Hour, su amarillo intenso. Otras compañías observaron subas similares en rosas, violetas y aguamarinas, mientras una empresa de muebles informó que las ventas de mobiliario blanco se habían triplicado.
Entiendo esa división cuando pienso en un día cualquiera de la pandemia. Las noticias llegaban por una pantalla, el trabajo por otra y las mismas pocas habitaciones tenían que contener el resto. Algunos espacios necesitaban absorber ruido. Otros necesitaban generar movimiento. El color y la neutralidad resolvían problemas diferentes dentro de la misma casa.
La casa como registro
Al mirar hacia atrás, los interiores cuentan varias historias al mismo tiempo. La paleta de posguerra surgió de los nuevos materiales, la producción masiva, la publicidad y una imagen de prosperidad cuidadosamente coordinada. Los interiores de la pandemia circularon a través de las redes sociales, las videollamadas, las compras online y los meses pasados frente a las mismas paredes. En ambos períodos, el hogar adquirió una visibilidad particular mientras la vida cotidiana cambiaba con rapidez.
El color le dio una superficie a ese cambio. Una heladera rosa podía hacer que la recuperación pareciera ordenada y nueva. Una pared rosa detrás de una videollamada podía interrumpir la monotonía y convertir un rincón en un pequeño escenario. Las dos imágenes pertenecen a historias diferentes y cada una contenía una promesa sobre cómo podría sentirse la vida cotidiana que vendría después.
Una paleta aporta evidencia parcial. Elegimos colores según el gusto, el precio, la costumbre, lo disponible, los algoritmos y el placer. Un ambiente cuenta la historia de una persona; los patrones aparecen al mirar muchos. Cuando ciertos tonos se repiten en casas que no tienen relación entre sí, muestran lo que las personas les pedían a esos espacios: calma, energía, coherencia o alguna señal visible de que la vida volvía a moverse. Años después, los colores quedan como rastros de lo que, en ese momento, se le pedía al hogar. //SC
Notas de investigación
Thomas Hine, The Dawn of the Colorful Kitchen, The MIT Press Reader.
PBS American Experience, The Rise of American Consumerism.
Architectural Digest, The Many Colors of COVID, octubre de 2020.
Lisa Wilms y Daniel Oberfeld, Color and emotion: effects of hue, saturation, and brightness, Psychological Research, 2018.