Series | Con Sentido · VISTA
Lo que los ojos deciden antes que el cuerpo
En el Pacific Northwest existe una palabra, sunbreak, para esos momentos en que el sol consigue atravesar las nubes después de varios días grises. En otoño, cuando el cielo entra en su temporada de cincuenta sombras de gris (no por nada esa novela transcurre en Seattle), me acuerdo de unos anteojos con un tinte naranja muy suave que me encantaba usar. Con ellos todo se veía más cálido y más luminoso, y por alguna razón miraba el mundo con un poco más de optimismo. Después de cinco años en Miami, entre luz intensa y colores saturados, el cambio de paisaje se sentía, y mucho. Los de tinte amarillo eran todavía mejores: en pleno día gris, me devolvían una claridad que ni siquiera sabía que estaba buscando.
En castellano tenemos esa expresión tan conocida, ver la vida color de rosa, una manera muy gráfica de relacionar lo que vemos con el estado de ánimo. Cuando escribí sobre la música, la comparé con una transparencia de color apoyada sobre un lugar; con esos anteojos, la transparencia estaba literalmente delante de mis ojos. La óptica explica algunos cambios de contraste y luminosidad; el optimismo corre por cuenta de cada uno. Me sigue fascinando que una modificación tan pequeña pueda alterar la experiencia de un entorno familiar, y que la información que reciben nuestros ojos sea apenas el primer paso de un proceso en el que intervienen nuestras expectativas, lo que ya vivimos y las asociaciones que aprendimos a construir.
A veces decidimos con los ojos lo que todavía no comprobamos con el cuerpo. Ves un sillón cubierto de pelo largo y prácticamente ya sentís su suavidad antes de sentarte. Un puf que parece de cemento te hace anticipar dureza y frío, aunque podría estar hecho de espuma. Hacemos este tipo de cálculos todo el tiempo: una superficie brillante sugiere ciertas cualidades, un tejido grueso anticipa peso y un acabado determinado puede hacernos pensar que un objeto es carísimo. A veces acertamos. Otras, descubrimos que habíamos armado toda una expectativa a partir de una apariencia muy convincente. Decimos ver para creer o lo vi con mis propios ojos como si mirar alcanzara para probar algo. La vista es el sentido al que más le creemos, y tal vez por eso sea también el más fácil de dirigir.
El collage de las apariencias
La percepción reúne información visual, contexto y asociaciones culturales que fuimos incorporando a lo largo de la vida. Un objeto puede parecernos lujoso por su material, pero también por la luz que lo rodea, su presentación o el lugar donde lo encontramos. Siempre pensé en términos de collage, tanto para componer como para asociar ideas. Un mismo objeto puede adquirir un significado muy distinto según lo que tenga al lado, lo que se destaque y lo que quede fuera de cuadro. Cuando miramos hacemos algo parecido: juntamos fragmentos de información y armamos una interpretación que depende tanto de las piezas como de su disposición.
Pienso en la diferencia entre entrar a Walmart y entrar a Target. Podemos ir a buscar productos parecidos, pero cada negocio construye una experiencia visual distinta. La distribución, la iluminación, los acabados y la manera de presentar los productos van formando expectativas sobre calidad, precio y estilo. Target construyó una identidad que mucha gente asocia con una experiencia de compra más cuidada. Hasta existe esa costumbre de pronunciar su nombre en broma con acento francés, como si estuviéramos entrando a una boutique super bougie de París. Me divierte porque muestra cuánto puede influir una asociación cultural en algo tan cotidiano como ir a comprar papel higiénico. La puesta en escena forma parte de lo que creemos que estamos comprando.
La iluminación participa del mismo mecanismo. Hace un tiempo se volvió popular en redes una especie de declaración de guerra contra the big light, esa luz de techo que ilumina todo el living con una eficiencia casi interrogatoria. La alternativa eran lámparas bajas, luz cálida y pequeñas zonas iluminadas. Entiendo por qué pegó. Un mismo ambiente puede sentirse otro cuando cambia la distribución de la luz. Aparecen sombras donde antes se distinguían todos los detalles, algunos objetos ganan protagonismo y otros pasan a segundo plano. Cambiar la luz reorganiza la jerarquía visual del espacio y, con ella, las asociaciones que hacemos al recorrerlo.
Lo que queda fuera de cuadro
El cine conoce muy bien ese poder. En El mago de Oz, el paso del Kansas en sepia al Technicolor de Oz alcanza para anunciar la llegada a otro mundo. Pero lo que más me atrapa es lo que pasa cuando una película decide mostrarnos apenas una parte de la escena. Un cuarto a media luz puede hacernos anticipar algo que todavía no vimos. Una sombra que aparece antes que su dueño, una puerta entreabierta o una figura detrás de un vidrio esmerilado inquietan precisamente por la información que dejan pendiente. El director maneja el encuadre, la duración de una imagen y el momento en que revela algo, y nosotros completamos la escena con nuestras propias sospechas. Si alguna vez viste una película de terror, sabés lo creativa que puede ponerse la imaginación cuando se la deja trabajar sola.
En el artículo "The Science of Art", los investigadores V. S. Ramachandran y William Hirstein propusieron que resolver pequeños enigmas visuales puede ser parte del placer estético. Reconocer una figura parcialmente oculta o encontrar un patrón implica un trabajo perceptivo que puede resultar gratificante. Me gusta esa idea de dejar algo por descubrir. Hay una especie de complicidad entre quien organiza las pistas y quien intenta descifrarlas, y también cierta tensión, porque el espectador empieza a armar sus propias hipótesis mucho antes de tener toda la información.
En un espacio físico, esos mismos recursos pasan a ser herramientas de diseño: la luz, el contraste, los reflejos y la escala orientan la mirada y arman una secuencia de descubrimientos. La diferencia es que acá también entra el cuerpo. Cada visitante decide dónde detenerse, hacia dónde avanzar y qué mirar de cerca, y en ese recorrido comprueba, o no, lo que los ojos le prometieron. Esa distancia entre lo que la vista anticipa y lo que el cuerpo confirma es material de trabajo. En una instalación, un puf que parece de cemento y resulta blando puede ser una sorpresa divertida. En un producto que promete calidad, una superficie que parece sólida y se siente frágil es una promesa que no se cumple.
Hay algo un poco inquietante en todo esto, y probablemente por eso me atrae tanto. Si podemos influir en lo que alguien mira, también podemos intervenir en las expectativas que esa persona arma. La publicidad, el retail, la arquitectura y el arte usan estos recursos con intenciones muy distintas. Una presentación puede sugerir exclusividad, un ambiente puede transmitir confianza y una luz bien pensada puede darle a algo ordinario un atractivo inesperado. La apariencia participa en nuestras decisiones, en lo que deseamos y en el valor que les damos a las cosas. Y cuanto más natural nos parece una impresión, menos nos detenemos a revisar las condiciones que la formaron.
Ponerse y sacarse los anteojos
Hace unos años, en un par de mis instalaciones, ofrecía anteojos ChromaDepth para hacer el recorrido. Son unos lentes que usan las diferencias entre los colores de la luz para producir una ilusión de profundidad: los rojos parecen más cerca y los azules retroceden. Recuerdo sobre todo la intensidad con la que se veían las luces, como si todo ganara un brillo extra y ciertos colores empezaran a despegarse del espacio que los contenía. Algunas personas se ponían y se sacaban los anteojos una y otra vez, comparando. Me encantaba ese gesto, porque la transformación dependía de una acción muy simple de quien visitaba. Por un momento, las condiciones de la mirada quedaban a la vista.
El filósofo Bence Nanay retoma una idea clásica del arte, la de volver extraño lo familiar, y la explica a través de la atención. En la vida cotidiana miramos para reconocer y para usar: vemos una silla y ya sabemos que es para sentarse. Una experiencia estética puede repartir esa atención entre muchas cualidades a la vez: color, forma, profundidad, lo que hay alrededor. Aquellos visitantes ya sabían dónde estaban y qué tenían adelante; lo que hacían era detenerse en el color y la profundidad de una composición que unos segundos antes parecía fija.
Con esos anteojos se podía comprobar algo que en la vida cotidiana casi nunca tenemos a mano: cuánto cambia un mismo lugar según las condiciones desde las que lo miramos. La mayor parte del tiempo vemos algo, reconocemos ciertas señales y armamos una interpretación que nos parece la realidad misma, sin registrar las decisiones que alguien tomó antes de que llegáramos. Cada otoño, cuando el cielo vuelve a teñirse de gris, me acuerdo de mis anteojos naranjas. Sabía perfectamente que afuera seguía igual de nublado, y aun así esos lentes me devolvían una luz que extrañaba. Ahí el poder de dirigir la mirada cambia de dueño: lo ejercés vos sobre la tuya, y ver la vida color de rosa se vuelve una elección. //SC